
El año que viene, en diciembre para ser precisos, y si Dios lo permite, Guillermo Albán cumplirá diez años como matador de toros. Se dice pronto, pero en esta profesión, cada año vale oro y pesa como diez, por la rigurosidad y riesgo que supone. Esto, desde luego, juega para todos los que se visten de luces, pero más aún para aquellos que, debiendo dejar su terruño y con un par de cojones por delante, se buscaron un hueco en las duras tierras ibéricas.

De modo que no es tarea fácil andar sacando la cabeza entre todos los toreros que tienen la posibilidad de torear en España, Francia y Portugal. Guillermo lo ha logrado y ha superado incluso los agoreros pronósticos de algunos que han querido reventar al torero por sistema: “un mono jamás podrá ser torero”; “qué va a poder este, si no tiene nadie que le apoye”, y más.

Y es que así tiene que ser. El matador de toros que quiere ser figura (otra cosa es que se logre, desde luego) tiene que vivir con el toro en la mente y en el cuerpo; tiene que estar entregado por entero a la profesión, a la preparación de su cuerpo y mente, y también de la técnica, desde luego, para responder a la exigente prueba que impone el toro cada tarde.

También ha ido a Barcelona, en donde estuvo francamente bien, y a punto de triunfar, si hubiese estado más fino con los aceros. Dejó, sin embargo, su carta de presentación y se granjeó el respeto y reconocimiento de aficionados y profesionales.

Supongo que en algún momento hemos recibido un pelotazo de modo accidental en la nariz; o un golpe repentino en el rostro. El dolor es horroroso, a más de dejarnos medio atontados. Me imagino entonces cómo será un derrote seco del toro y un pitonazo en el mismo sitio. Como para irse ese rato al hospital y quedar noqueado en una cama, varios días.

El ecuatoriano se fajó y siguió la lidia, inflamado y sangrante, y cortó dos orejas. Y luego, la cornada en el muslo, que no importó en ese momento, hasta despachar al enemigo y cortarle otras dos orejas. No estuve ahí, desde luego, pero ya me lo han contado y además, he visto fotos. Este es todo un testimonio de profesionalismo y de afición de un torero de la tierra. ¡Enhorabuena, digo yo!.
Como aficionado a los toros, lo de Albán me llena de satisfacción y orgullo, porque siento que mi país también tiene un representante dignísimo y profesional en el mundo del toro.
Son pues 101 las corridas que lleva toreadas Albán desde que se hizo matador de toros. Ha cortado 154 orejas y 13 rabos, convirtiéndose así en el matador de toros ecuatoriano que más corridas y triunfos ha sumado tanto en Ecuador como en el extranjero. Por cierto, de esas 100 corridas toreadas, más de la mitad han sido en plazas europeas.
Como es bien sabido, este torero ecuatoriano vive y se desenvuelve en Madrid, en donde tiene su casa. Desde luego que no siempre es fácil estar ahí, golpeando la piedra todos los días y buscando oportunidades sin desfallecer ni renunciar. A eso se le llama AFICION. Se le llama también, AMBICIÓN. O se le conoce también como PERSEVERANCIA. Y a veces, también CONVICCIÓN.
Y si a todo eso se le suma el oficio y la madurez que por fuerza y por lógica ha ido adquiriendo a través de los años, tendremos un torero maduro, con oficio y que ha ido depurando su estilo y su concepto del toreo.

Por el momento, que el torero de la tierra se reponga bien de su percance, que triunfe en las corridas que tiene comprometidas y nos prepararemos para verlo en diciembre, en Quito.
Gracias, torero, y mucha suerte.